El celo del conejo: cambios hormonales, causas y soluciones

El celo del conejo: cambios hormonales, causas y soluciones

Los conejos son animales presa situados muy al inicio de la cadena alimenticia. Para garantizar la supervivencia de la especie, han desarrollado una estrategia reproductiva basada en una maduración sexual temprana y una elevada frecuencia reproductiva. De ahí la popular expresión “criar como conejos”. Este contexto biológico explica por qué los instintos sexuales en los conejos, tanto machos como hembras, son tan intensos y, en muchos casos, difíciles de gestionar en el entorno doméstico.

El cambio suele producirse de forma abrupta. Un conejo joven, dócil, limpio y cariñoso puede alcanzar la pubertad y, prácticamente de un día para otro, mostrar un comportamiento que desconcierta a su familia humana. La pubertad aparece normalmente entre los 3 y 4 meses en razas pequeñas, aunque puede retrasarse hasta los 8 o 9 meses en razas gigantes. A partir de ese momento, el comportamiento del conejo pasa a estar dominado por las hormonas sexuales.

Es frecuente que el tutor observe un interés repentino del conejo por los tobillos, las piernas o las manos. El animal puede correr en círculos alrededor de las personas, emitiendo sonidos similares a un zumbido, una conducta de cortejo típica. Al principio puede resultar incluso gracioso o halagador, pero suele ir acompañado de otros cambios menos agradables: gruñidos, mordiscos, intentos constantes de monta o la pérdida de hábitos de higiene previamente adquiridos.

Uno de los comportamientos más característicos del celo es el marcaje territorial con orina. Tanto machos como hembras pueden orinar en aspersión para delimitar su territorio. En esta etapa, además, el olor de la orina se vuelve mucho más intenso debido a la acción hormonal. Un conejo que estaba perfectamente educado para usar su bandeja sanitaria puede dejar de hacerlo de forma repentina, y comenzar a repartir heces por distintos puntos de la casa como forma de marcaje.

La agresividad es otro de los cambios que pueden aparecer. Un conejo que antes disfrutaba del contacto humano puede volverse irritable, rechazar las caricias o reaccionar de forma defensiva. En el caso de las hembras, este comportamiento puede intensificarse debido al instinto de protección del nido. El conejo puede gruñir, arañar o morder para defender lo que considera su espacio, incluso cuando la intención del tutor es simplemente darle de comer o limpiar su zona.

Durante el celo también se intensifican comportamientos que ya son naturales en la especie, como cavar o roer. Aunque estas conductas forman parte del repertorio normal del conejo, los niveles elevados de hormonas sexuales hacen que aparezcan con mayor frecuencia e intensidad, lo que puede traducirse en destrozos en el hogar si no se gestionan adecuadamente.

Otro signo muy evidente es el afán constante por montar. El conejo puede intentar montar manos, pies, otras mascotas e incluso objetos inanimados. Este comportamiento es especialmente frecuente en machos no castrados, pero también puede darse en hembras en celo. Para el conejo, las personas de su entorno forman parte de su grupo social y, desde su punto de vista, no existe una diferencia real entre un humano y otro conejo.

En hogares con más de un conejo, la llegada de la madurez sexual puede provocar conflictos. Parejas que convivían de forma armoniosa pueden comenzar a pelear para establecer jerarquías y dominancia. Las hormonas influyen de manera decisiva en la sociabilidad, y los conejos enteros suelen mostrar más conductas territoriales y agresivas. Esto también dificulta la introducción de nuevos compañeros.

Es importante señalar que cada conejo es un individuo. Existen conejos enteros que mantienen un comportamiento relativamente estable durante el celo, así como conejos esterilizados que conservan rasgos de carácter más difíciles. Sin embargo, la evidencia clínica y la experiencia en rescate y convivencia doméstica coinciden en que la esterilización o castración reduce de forma significativa, y en muchos casos elimina, los comportamientos negativos asociados a la madurez sexual. Esta mejora suele observarse de forma progresiva durante los tres meses posteriores a la intervención.

Atribuir estos comportamientos a “mal carácter” o castigar al animal es injusto y contraproducente. El conejo no elige comportarse así: responde a un impulso hormonal imposible de controlar por sí mismo. Abandonarlo, aislarlo en una jaula o reducir el vínculo afectivo debido a estos cambios es una forma de maltrato emocional.

La esterilización no solo mejora la convivencia y el bienestar del animal, sino que le permite seguir formando parte activa de la familia en un entorno estable y seguro. Comprender el comportamiento del conejo durante el celo es el primer paso para ofrecerle una vida digna, respetuosa y acorde a sus necesidades biológicas.

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