Tu conejo, siempre acompañado: claves para una convivencia sana entre conejos
Los conejos son animales profundamente sociales. En la naturaleza viven en grupos, establecen vínculos estables y se comunican de forma constante con otros miembros de su especie. Por este motivo, un conejo que vive solo, aunque reciba mucha atención humana, no está cubriendo todas sus necesidades sociales. Ninguna persona ni ningún animal de otra especie puede sustituir la relación que un conejo establece con otro conejo. Si convives con un conejo, deberías plantearte seriamente ofrecerle un compañero de su misma especie.
Antes de hablar de combinaciones posibles, hay una norma que no admite excepciones: para convivir dos o más conejos es imprescindible que todos estén esterilizados. No solo para evitar camadas no deseadas, sino porque las hormonas sexuales influyen directamente en la agresividad, la territorialidad y la imposibilidad de establecer vínculos estables. Sin esterilización, la convivencia no es una cuestión de si habrá problemas, sino de cuándo aparecerán.
La combinación más recomendable y con mayor probabilidad de éxito es la de un macho y una hembra, ambos esterilizados. Esta pareja suele ser la más equilibrada, ya que las diferencias de comportamiento entre sexos tienden a complementarse. Sin embargo, incluso en esta combinación ideal, la esterilización es clave. Un macho castrado puede seguir montando a la hembra como forma de establecer jerarquías. Si la hembra no está esterilizada, esa conducta puede desencadenar embarazos psicológicos, frustración y conflictos constantes. La hembra rechazará la monta, el macho insistirá y, tarde o temprano, aparecerán las peleas. En estas condiciones no puede construirse una relación sana.
La situación empeora cuando uno o ambos miembros de la pareja no están castrados. Un macho entero montará a una hembra entera tanto por impulso hormonal como por dominancia. La insistencia constante genera estrés, agresividad y rechazo, y la convivencia acaba siendo inviable. No es una cuestión de carácter, sino de biología.
La convivencia entre dos machos es más compleja. Cuando son jóvenes pueden parecer compatibles, pero al alcanzar la madurez sexual es habitual que empiecen los conflictos. Los enfrentamientos forman parte de la forma en que los conejos definen jerarquías, pero si el espacio es reducido o no existen zonas de escape, estas peleas pueden volverse graves y provocar heridas importantes. La castración temprana, antes de que aparezcan los primeros conflictos, aumenta las probabilidades de éxito, pero incluso así sigue siendo una combinación con cierto riesgo. No siempre funciona y debe valorarse con cautela.
Dos hembras también pueden llegar a convivir de forma estable, pero suelen ser más territoriales que los machos. Para que la socialización tenga opciones reales de éxito, ambas deben estar esterilizadas. Aun así, esta combinación requiere paciencia, espacio suficiente y una correcta presentación, ya que las disputas territoriales son frecuentes si no se gestiona bien el proceso.
Un error muy común es pensar que basta con juntar a los conejos y dejar que “se arreglen entre ellos”. La introducción de un nuevo conejo en casa debe hacerse siguiendo pautas concretas y progresivas. Los encuentros directos sin preparación suelen terminar en peleas que dañan la relación desde el primer momento. La socialización correcta implica espacios neutrales, tiempos controlados y una observación constante del lenguaje corporal de ambos animales.
Ofrecerle un compañero a tu conejo no es un capricho ni una humanización excesiva, es una necesidad etológica. Un conejo que convive con otro conejo adecuado suele mostrar menos estrés, más conductas naturales y un mayor bienestar emocional. Eso sí, la convivencia responsable implica esterilización, espacio suficiente y un proceso de presentación bien hecho. Cuando se respetan estas condiciones, el vínculo que se crea entre conejos es profundo, estable y enormemente beneficioso para ambos.