Había una vez una conejita que deseaba la libertad, viva en un parque en medio de la gran ciudad, veía a las palomas volar, quería ser libre como ellas, pero tenía miedo, al hambre, a la miseria, a la soledad. Recordaba que en una época pasada tenía una casa y alguien que la mimaba, pero algo hizo, algo paso y ahora estaba en este parque, con la sola compañía del viento y la lluvia, el calor o el frio, nadie la consolaba. Soñaba con verdes praderas, y en bonitas madrigueras. Pero pasaban los días y tenía hambre. Vio que había humanos que la perseguían y el miedo la consumía, ¿se la querían zampar, o solo torturar? Al final la atraparon y se la llevaron de su bonito parque, tan triste, tan solo, donde paso frio y calor, hambre y miedo. Tenía casa y alguien la cuidaba, pero ella ansiaba volar. Y aunque ya no estaba sola, ya tenía un lugar, deseaba estar libre y a la que tuvo una oportunidad, mordió la reja que la separaba de su libertad. Pero las conejitas no vuelan y nunca podrán volar. Sus frágiles huesos no soportaron el duro golpe al aterrizar, sobre el suelo frio que había sido su hogar, la calle, el cielo abierto, la luz y la oscuridad. Tembló su débil cuerpo y dejo de respirar, pero en su último aliento soñó que volaba como las palomas y vio sus prados verdes que desde aquel día serian su morada, y soñó con el rocío de la mañana, el olor a hierba fresca, en montones de manjares deliciosos. Así consiguió lo que tanto anhelaba, por fin encontró su madriguera, en la que viven los conejos que se han ido, donde nunca hace frio ni calor, donde nunca se pasa hambre ni miedo, donde siempre tienen compañía, donde a partir de aquel día y para siempre la coneja voladora con nombre de santo padre tendría al fin su libertad.
No se puede encerrar al viento en una caja de cartón.